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Terra
La Coctelera

La zingara

Cada mañana Erika baila danzas húngaras en la Plaza de los héroes a cambio de unas monedas para cumplir su sueño, poder viajar al sur, a las costas de Croacia y conocer el mar. Por las noches repite los bailes gitanos ataviada de pañuelos y medallas durante un breve crucero por el Danubio bajo las luces de Budapest.
Es una hermosa zíngara de tez morena y enormes ojos de color aceituna, cabello negro azulado y una enorme sonrisa en el semblante con un pequeño lunar junto a su boca.
Hoy ha cumplido 30 años y ha cogido un tren hacia al Mediterráneo, y allí, en un crepúsculo de verano ha conocido la inmensidad. Descalza sobre la arena el gran azul estalló en su mirada, un manto acuático más grande que toda la tierra de Hungría, fue tal el empacho de grandeza que los parpados no consiguieron cerrarse sobre su absorta mirada.
Aquella playa de Dubrovnik había cambiado su vida, sus sueños, ahora deseaba encontrar el amor, envejecer allí, allende el mar, y navegar al sol.

Libertad

Miles de voces corean un mismo canto, un credo de igualdad, un himno a la tolerancia; Millones de puños alzados, manos que se aferran a símbolos y banderas bajo los que entonar un mismo grito: LIBERTAD!
LIBERTAD al pueblo oprimido por la dictadura; A ese que toma las calles para combatir al tirano, que lucha por sus derechos, por la igualdad, por la tolerancia, en busca de su supervivencia económica. A esas buenas gentes que son torturadas por los ejércitos de los regímenes, viéndose obligadas a vivir al capricho del villano.
LIBERTAD al pueblo que la exige frente al invasor. A aquellas gentes que cimientan el sueño de hacer de su enclave una nación sobre los pilares de su tradición, de una cultura labrada durante años. A esos pequeños países digeridos en los estómagos de los estados; A esos parajes que quieren ver ondear sus colores bajo sus cielos.
LIBERTAD para los pueblos esclavizados por los grandes colosos capitalistas; Para ese tercer mundo sometido a las multinacionales a cambio de miseria. Para esa mano de obra negra que agoniza en chabolas sin poder explotar sus propias tierras, ya que el engranaje egoísta de occidente les ha arrebatado sus cultivos.
LIBERTAD para esas culturas vecinas que se ven arrastradas hasta nuestras ciudades en busca de trabajo, o de una nueva vida con la que poder olvidar el infierno que destruye sus países. Para esas etnias y costumbres sometidas al insulto, al desprecio y a la marginación. Para los que han sido despojados de su condición humana debido a lo que son, hayan sido o de donde hayan venido.
LIBERTAD para esas miles de personas que sufren en campos de trabajo o en miserables celdas. Al preso político, al inocente inculpado, al condenado por actuar en defensa propia, al enfermo que agoniza o al ladronzuelo que no ha cometido mas delito que robar para comer.
LIBERTAD para las personas perseguidas por amar, debido a su condición sexual. Para el gay y la lesbiana que en muchas familias y países se ven obligados a disfrazar su identidad bajo un falso antifaz, motivados por la presión que impone el rechazo, la burla o “ el que dirán”; A todos aquellos que no tienen derecho a enamorarse, porque el sistema y la sociedad condenan sus sentimientos.
LIBERTAD de expresión, para poder manifestar opiniones e ideologías. Para decir lo que se quiera, como, cuando y donde se quiera. Para la prensa censada por los gobiernos; Para el ciudadano anónimo que tantas veces se ve obligado a silenciar su opinión.
LIBERTAD, tantos millones de personas sueñan contigo, con vivir a tu amparo, dormir sobre tu lecho o amar bajo tu cielo. El pueblo, el esclavo, el preso, el poeta , te suplican, te añoran ,te dedican parte de sus sueños; pero aún falta tanto tiempo para que podamos reclinar la cabeza sobre tu hombro…
Nos dices que no hay que llorar por un mundo que lucha, sino luchar por este mundo que llora, y que solo así te encontraremos. Añorada libertad, como puede haber gente tan incauta que asegure ser libre. No te rías libertad, pero es que en tu ausencia, solo nos queda el soñar.

La vida

La vida es un ferrocarril surcando el tiempo hacia el mañana, es el tren en el que todos viajamos; en primera clase, de turista o de polizón, la riqueza compra la confortabilidad de cada compartimento, pero todos los vagones son arrastrados por la misma locomotora: la vida.
Por las ventanillas observamos el paisaje; a veces desnudo y hostil, otras, fértil y perfumado de colores. Avanzamos por anchas estepas, o serpenteamos las faldas de las montañas.
El trayecto es corto pero no está exento de accidentes. Las estaciones lo van abasteciendo de viajeros, mientras otros, resignados, deben apearse. Y con el agudo silbato del revisor la chimenea de la locomotora vomita su bocanada de vapor reanudando su viaje por la senda de acero. Muchas manos dibujan adioses en el aire, pañuelos agitados en señal de duelo, pero la despedida es breve y el ferrocarril se aleja rápidamente mientras la estación queda sumida en una densa bruma al desdibujarse tras las cortinas de lágrimas que empañan muchas de las miradas.
La serpiente mecánica surca veloz valles, acantilados, desiertos y glaciares; parajes de los que disfruta el ejecutivo, mientras es servido atentamente por un camarero. El pintor o el poeta no descuidan detalles, mientras el polizón, oculto tras unas cajas en el vagón mercancías convive entre migas de pan y roedores, sin más paisaje que las cuatro húmedas paredes del container.
Suda la frente de la anciana postrada en la cama, inquieta ante la llegada de la próxima parada; Escala que aguarda impaciente la embarazada que siente las primeras contracciones ante la cercanía del nuevo apeadero.
Todos compartimos el mismo tren, que a veces avanza estable y otras muchas con vaivén, y cuando menos lo esperamos nos apea en el andén.
Nosotros somos la energía que mueve el engranaje mecánico de la locomotora, vivimos en simbiosis con el ferrocarril. La vida no es nada sin los seres que la habitan.
Cada uno de nosotros es el tímido parpadeo de un fósforo, que tras consumirse, extingue su llama en la penumbra del recuerdo. Nosotros forjamos con nuestros pasos los senderos de tinta que escriben nuestra biografía en los billetes de ese tren; Acertado estuvo el poeta al recitar: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”; Somos ermitaños, proscritos y aventureros, pero siempre reos del calendario, intentando no caer cuando este derrama sus hojas mes a mes.
La vida! , Todo un enigma, quizá el secreto no está en vivir; sino en vivirla.

Vulcania

En el país de los Vulcanos los humanos no son seres sino recursos, la riqueza circula con más libertad que los ciudadanos, la gente ha dejado de tener nombre para pasar a ser un número. Ya no son personas sino patriotas, suman pero no cuentan, existen pero no viven.
.En Vulcania los medios de información desinforman, solo muestran lo que ellos quieren que ocurra y nada sucede si ellos no lo cuentan; Sus informativos enseñan a ignorar, La realidad es ficción, la noticia es disfrazada, la disidencia silenciada. Oyen pero no escuchan, dan pero no otorgan, hablan pero no dicen.
El crimen redacta las leyes, la justicia encarcela inocentes, no hay derechos sino privilegios, no hay orden sino caos; El soldado ignora al asesino porque le tiene frente al espejo, defiende el sistema frente al pueblo indefenso.
El cardenal de Vulcania. ama mas al poder que a Dios, toma su nombre en vano y solo santifica la riqueza; honra al banquero, mata en nombre de Dios, comete actos y pensamientos impuros, roba y codicia lo ajeno, miente a su pueblo. Promete el cielo y amenaza con el infierno, pide a los pobres siendo rico, pide a los ricos para aún serlo más.
En el país de los vulcanos el pueblo solo tiene libertad para quitarse la vida. Se sienten vacíos, no son nadie en ninguna parte y creen valer menos que la soga que les ahoga. En el país de los vulcanos muchos sueñan y no despiertan.

El muro

Los muros y murallas relatan pasajes épicos, retratos biográficos, episodios fugaces de nuestras vidas; su arquitectura, erosión o función nos transporta al momento en que fueron erigidas. Nos hablan de sus gentes, sus costumbres, cultura, de porque y quienes las construyeron, de la sangre que fue derramada o de las historias de amor que contemplaron, de cada gota de sudor que fue empleada para levantarlas. Siempre han sido fronteras de piedra, diques de contención, jaulas de hormigón; con pretensión de proteger, cercar, limitar o privar de libertad, cobijando o condenando almas, ideas, intensos momentos…
Han derrumbado la vieja tapia que amurallaba el colegio de mi infancia y con ella se ha borrado la huella de una época. Las pintadas de los estudiantes, las reivindicaciones políticas y sociales, pinceladas de arte urbano y graffiti, dibujos de tiza y bolígrafo, firmas espontáneas, corazones de rotulador con muchos nombres en su interior…; Cada capa de pintura y de recuerdos se ha desojado entre polvo y cemento, se ha roto en pedazos el espejo del tiempo y ya solo queda un metro escaso de endeble esqueleto de ladrillo para rescatar un pedacito de aquel testigo silencioso de nuestras vidas.

La anciana

La anciana murió tranquila, agotada de existir y de maldecir su enfermedad. Había tenido una vida digna y longeva, servil a los quehaceres domésticos, a su familia y a su fe, fruto de la educación costumbrista que había recibido en su pequeño pueblo de las montañas.
Siempre rebosaba energía, a diario limpiaba cada metro cuadrado de la vieja casa al tiempo que charlaba con las vecinas de cualquier suceso. Acudía al mercado mientras dejaba cocinándose a fuego lento algún suculento guiso. Y en el frenético vaivén siempre sacaba un rato para oraciones y plegarias, misas televisadas o cualquier programa de corazón o telenovela matinal.
Cada tarde oraba, rogaba y cantaba a Dios desde los primeros bancos de la iglesia. En esas horas de misa su marido se sonría diciendo que pasaba las horas en el desguace; quizá no hubiera bromeado tanto de saber que una parte de su pensión de jubilado acababa en las arcas de la parroquia. Y por las noches, al acostarse rezaba entre susurros hasta que el sueño le silenciaba.
Y fue con un nuevo despertar cuando la enfermedad la arroyó; aquel amanecer supuso el principio del fin. Su vitalidad se esfumó, las tareas diarias se convirtieron en una tortura física que su frágil cuerpo no podía soportar. La rutina era una condena, un bucle infinito, todo se había desvanecido; sus ganas de vivir, su sonrisa, la luz de su ojos. Durante 3 años vomitó un inagotable chorro de despropósitos devorada por el dolor, amenazando con arrojarse al vacío y acabar sus días. Y así, maldiciendo su sino, murió. Y a pesar de la enorme tristeza que su marcha me provocó sentí un inmenso alivio y una gran paz interior al saber que ya no sufriría más.
Era mi abuela, murió no muy lejos de donde había nacido, en Santurtzi, allende del mar. Se llamaba Charo, tenía el cabello rojo encaracolado, la tez bronceada y salpicada de pecas, y una picara mirada almendrada. Le gustaba observar el mundo sentada desde su banco de la calle y dejar marchitar sus días al sol.

sin título

La estacion

La estación es mi punto de partida y de destino. , el pequeño pedazo de mundo donde habitan mis sueños e ilusiones. Mi espacio de reflexión donde poder plasmar las emociones en texto; La parcela de imaginación donde poder flotar ingrávido, congelar el segundero y realizar cada fantasía.
En ella prevalecen mis recuerdos, los aromas y colores de toda mi vida. El sabor de los sentimientos, cada emotivo momento, cada fugaz fracción de realidad.
Es el andén en el que voy apeando los episodios pasados para coger el transbordo hacia los venideros; El intervalo de tiempo en el que vacío las maletas para emprender cada nuevo viaje hacia el incierto sino.
Nuevas rutas, parajes, compañeros de viaje. A merced del tiempo y los elementos, surcando la vida, recordando su brevedad para sentirla con intensidad, para aprovechar cada escala como si fuera la ultima antes de acabar mis horas en la vieja estación, apeado definitivamente del trayecto, desvaneciéndome del presente tras la espesa bocanada de humo de la locomotora al alejarse, con el consuelo de saber que para el resto de los viajeros el sol seguirá saliendo mañana.
Hoy abro las puertas de mi estación a quien quiera hacer una breve escala en su itinerario y dejar su huella en el andén. Solo visitando nuevos lugares adquirimos sabiduría, crecemos adaptando inquietudes, conocimientos. Son los escasos momentos, en que nos evadimos de la rutina, burlando los deberes y obligaciones del universo social, para aprender de la experiencia ajena, soñar, y así lograr sentirnos un poquito mas libres.